REPÚBLICA Y DEMOCRACIA

para Victor Davis Hanson

 "Las utopías aparecen como más realizables que lo que se creía en otro tiempo. Las utopías son realizables. Quizá comienza un siglo nuevo; un siglo donde los intelectuales y la clase cultivada soñarán los medios de evitar las utopías y de retornar a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre".
                                                     Nicolás Berdiaeff 

Cuando se observa con atención el año que termina se ve, más allá de la gran conmoción provocada por la pandemia , otra aún mayor cuya expresión máxima está en los acontecimientos electorales de los EE.UU.

Se trata de la lucha entre tendencias más o menos opuestas, casi diríamos antagónicas, dentro de las democracias de Occidente; de una lucha que se da entre república y populismo, o si se quiere entre liberalismo y autoritarismo.

Si nos atenemos al canon utilizado por los medios tradicionales, y en relación a los EE.UU., acabaría de triunfar la libertad – Joe Biden – frente al autoritarismo de Trump.

Para nosotros, que consideramos la situación de los EE.UU. y del mundo en general desde la perspectiva conservadora, el triunfo de Biden significa el triunfo del autoritarismo de izquierda, el triunfo del progresismo y de las ideas globalistas, ideas y tendencias que constituyen una gran amenaza para la libertad individual , quizás la mayor jamás afrontada por Occidente desde que terminó la Guerra Fría.

No es cuestión de que Joe Biden sea él mismo esta amenaza, pero es la expresión visible de un Partido Demócrata que se ha volcado hacia la izquierda, donde observamos una creciente influencia de las ideas relacionadas con la Gobernanza Global, con el Green New Deal, que se alinea con las perspectivas vigentes en la Unión Europea y que aparecen también como demasiado permisivas hacia la política ejercida por China.

De todos modos, esto que observamos hoy en EE.UU. más las polémicas y conflictos políticos abiertos en casi toda Europa y América Latina no es más que un eslabón en una tendencia que se viene desarrollando desde hace décadas.

Hoy el pensamiento de izquierda, el progresismo, se ha transformado en el vehículo de las ideas dominantes que quieren imponer las corporaciones transnacionales, los núcleos duros de poder global, desde Washington a Beijing, pasando por París, Londres y Berlín – sobre todo Bruselas, sitio de ejercicio de la tecno-burocracia autoritaria más aviesa de los últimos tiempos.

No son los intelectuales ni las clases cultivadas de la cita de Berdiaeff las que han asumido esta lucha agonal por la libertad primera y última, es el pueblo llano, la gente común, los deplorables, el pueblo proverbial que el 3 de noviembre se volcó masivamente para votar por Donald Trump.

Liberalismo y nacionalismo económico

Feliz el hombre que extrae su alegría y su fuerza de la prosperidad de la Patria ! HÖLDERLIN

EL DEBATE ENTRE EL NACIONALISMO ECONÓMICO y el liberalismo lleva ya  muchísimo tiempo en Argentina. Se trata, más que de un debate económico, de una polémica en torno a las pautas culturales y políticas que deben regir la vida de los ciudadanos.

Y esto es así porque el liberalismo no es sólo una cuestión de economía. El liberalismo es una cosmovisión que coloca al individuo como centro y motor de la dinámica social. Es la pauta filosófica y cultural que marca el período de la Ilustración y que constituye el eje axial de la Modernidad.

El liberalismo no excluye una concepción nacional, si entendemos lo nacional como el fundamento de la sociedad. En realidad, no existe un liberalismo que transite una vía separada de la cultura fundante de una sociedad.  En cuanto las ideas liberales abandonan el suelo  de la cultura de un pueblo, degeneran y se transforman en  letra muerta.

En Argentina la historia trae juntas las dos formas de expresión de la cultura: como parte del Imperio Español que fuimos, sin duda la sustancia autoritaria – antiliberal está muy comprometida en nuestras formas.  A partir de la revolución de mayo la tradición liberal se consolida y pasa a convivir con la anterior.

Todo esto tendría sólo una importancia ilustrativa si no fuese que ahora mismo en el mundo hay una situación de desplazamiento cultural que hace emerger a los nacionalismos como una forma que se consolida para dar una respuesta a la crisis que atraviesa Europa y Norteamérica.

Es dudoso que los gobiernos nacionalistas que se formen en Europa  alteren de algún modo sustancial el funcionamiento de la economía liberal, que es en realidad una economía mixta de mercado. Esto es, que la economía toma en consideración la protección de los sectores más débiles: una Economía del Bienestar o Welfare State.

El desplazamiento hacia el nacionalismo está más impulsado por la llamada “guerra cultural”, que opone visiones conservadoras frente al avance del progresismo en todos los ámbitos de la cultura.

En Argentina la guerra cultural tiene que ver con las posturas que se tiene frente al peronismo, y por carácter transitivo, esto se extiende a la economía. En general el nacionalismo-peronismo le atribuye al neoliberalismo de los noventa los males económicos y sociales que hoy padece el país.  El gobierno peronista que se extendió entre el 2002 y el 2015   aplicó políticas económicas que de algún modo fueron las opuestas a las de la década del noventa. Así que en el mismo peronismo habría dos posturas diferenciadas o que tenderían a diferenciarse de acuerdo a circunstancias del medio. En todo caso la economía no sería el único motivo de oposición en la guerra cultural, sino el antagonismo entre formas más o menos autoritarias y formas más o menos republicanas de gestionar el gobierno y de proponer políticas públicas.

Sin embargo, si lo importante es sacar al país de la crisis y encarar un camino de prosperidad, la economía tiene que tener un rol fundamental.

La experiencia histórica es abrumadoramente favorable a las economías abiertas, más o menos desreguladas, con un Estado cuyo peso sea el menor posible y donde impere el Estado de Derecho – Rule of Law –  

Puesto que si no se respeta la Ley, no hay convivencia posible, y luego de un período corto donde las cosas parecen ir bien,  la sociedad declina hacia un estado de estancamiento y conflicto.