Los límites de la ciencia como instrumento de políticos y burócratas.

En las últimas décadas se ha ido imponiendo en la opinión pública mundial una perspectiva pesimista respecto del futuro del planeta.

A fines de los años ’60 del siglo XX, el Club de Roma lanzó un diagnóstico con el título LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO. La idea dominante en este análisis era que el crecimiento de la población y el desarrollo económico estaban afectando los ecosistemas del planeta y que era necesario controlar la población y el desarrollo económico, de modo de frenarlos por el bien de la naturaleza a largo plazo. El informe fue criticado porque sus evaluaciones carecían de todo fundamento cuantitativo, ignorando los adelantos que la ciencia y la técnica aportaban para el mejoramiento de los ámbitos productivos de los ecosistemas del planeta.

Treinta años después, y a pesar de que la Revolución Verde y otros desarrollos habían permitido acabar prácticamente con el hambre en la mayoría de los países del Tercer Mundo, los amantes de la Naturaleza y enemigos de la Humanidad volvieron al ataque. Esta vez se trató de la amenaza a la salud del planeta por las emisiones de dióxido de carbono CO2 – proveniente de la quema de combustibles fósiles – carbón, petróleo, gas -.

Se creó, en el ámbito de las Naciones Unidas, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático -IPCC – y se empezó a batir el parche de la inminente catástrofe climática; hay que reconocer que la tarea de asustar al mundo fue delegada en las ONG’s ecologistas y en los políticos y demás burócratas que pensaban que agitando el miedo de la catástrofe climática podrían obtener beneficios a largo plazo, ya que toda burocracia necesita de motivos para expandirse y abarcar cada vez más ámbitos del quehacer de la sociedad.

Hay que remarcar que estas ideas que surgen de los Think Tanks son patrimonio casi exclusivo de una minoría intelectual, y sus engranajes de transmisión son los políticos y periodistas que se encargan de los contenidos de los medios de difusión masivos; llegan al público general como mensajes o fogonazos que intentan llevar preocupación y formar una opinión pública que luego adhiera mansamente a cualesquiera políticas regulatorias e intervencionistas que seguramente serán contraproducentes para el bien común.

En esto se parecen a las grandes ideologías o relatos que han llenado las visiones del mundo de las generaciones del sigloXIX y XX : Nacionalismo, Socialismo, Comunismo: Patrimonio al principio de un grupo de iluminados, se propagan a través de minorías intolerantes que por métodos violentos terminan desquiciando la vida de los pueblos.

No creo que el caso del Ecologismo y del Climatismo difiera del de sus predecesores: se trata de visiones interesadas que nada tienen que ver con la realidad del planeta.

Es verdad que los informes técnicos del IPCC no contienen en forma explícita los diagnósticos sombríos que escuchamos todos los días en los medios informativos, y que incluso sus críticos piensan que allí no está el problema principal, sino en la acción de los grupos de intereses que exageran las posibilidades del calentamiento y los efectos negativos que tendría sobre el planeta. Pero hay que remarcar que el ámbito de estudio del IPCC se limita a los efectos que los humanos tienen sobre el clima, y que sus instrumentos son los modelos climáticos; no se estudia la variabilidad natural típica del sistema climático de la Tierra, ni se toman en cuenta la infinidad de estudios paleoclimáticos – estudios del clima del pasado – que aportarían una visión mucho más amplia.

Algunos piensan que el encadenamiento que se ha dado para el crecimiento de esta visión pesimista en las últimas décadas se debe al intento de ciertos grupos dentro de la élite económica de los países centrales por controlar la utilización de la energía y de los recursos naturales en los países en desarrollo de la periferia, es decir, imponer un cierto control en el ritmo de los cambios imparables que el propio proceso científico-tecnológico impone a las sociedades. Pero no cabe duda que existe una dinámica propia de los grupos intelectuales que se ubican en la cabeza de toda sociedad, y que son propensos a imaginar escenarios apocalípticos que de alguna manera proyectan en la sociedad y la naturaleza los procesos mentales particulares de los espíritus mesiánicos.

Para contener esta propensión a la catástrofe y la guerra, algunos hombres geniales – Galileo, Leibniz, Descartes, Pascal, entre los principales – crearon la Ciencia Moderna en los siglos XVI y XVII, que es fundamentalmente una dirección espiritual hacia la moderación, el realismo, y los intereses primarios de los hombres: la convivencia, la alimentación, la salud. Para ello se esforzaron en combatir el Dogma de su época, desplegando los métodos de investigación, validación y prueba que son tan caros al verdadero espíritu científico.

Todo lo contrario a las ideologías y las seudociencias del ecologismo y del climatismo, que abandonan todo intento de crítica y debate, para entregarse a un discurso que se impone a puro golpe de exageraciones .

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