Sapere Aude!

In Memoriam

Patricia Pasquali

A veces nos resulta muy difícil hacernos una idea de cómo han podido llegar a surgir y afianzarse ciertas características de la Nación, cuando las consideramos desde la perspectiva o punto de vista de la psicología social, porque los largos tiempos históricos de la sociedad resultan inconmesurables para el individuo particular, y es sólo éste el sujeto de la comprensión y de la reflexión

Esta paradoja de la disonancia entre el tiempo histórico y el tiempo individual es la que todo historiador debe clarificar antes que nada. La historia de las ideas o historia intelectual de una nación es el lugar apropiado para que esta paradoja o contradicción entre la historicidad de un pueblo y la historia individual se clarifiquen y sirvan de palanca impulsora para la comprensión profunda de los principales problemas que enfrenta la Nación.

El conflicto, el disenso, la militancia exacerbada han impedido una comprensión verdadera de la problemática argentina, por lo menos a nivel de la divulgación popular, y los últimos años han agravado la situación porque los vicios de antaño se han agravado en vez de sanar. La generación joven ha sido la más golpeada por este¨ crimen intelectual¨

La falsificación de la historia en argentina nos da una pauta del complejo conflicto espiritual que atravesamos: mientras no asumamos la verdad de nuestro pasado, seguiremos en ese estado de minoridad que incapacita a los pueblos para asumir el control de su futuro.

Con la economía pasa lo mismo, y la mayoría de los argentinos todavía pensamos que somos un país rico que de alguna manera está siendo saboteado por fuerzas hostiles. Pienso que nuestra relación con la historia y con la economía constituye el síntoma regio que señala la índole de nuestra enfermedad: vivir en la irrealidad, la negación del principio de realidad.

En relación a la corrupción, ésta nos viene de muy lejos. Ella está documentada, certificada y auditada. Es y será objeto de estudios e investigaciónes para futuras generaciones de académicos y literatos; maestrías, tesis y, con suerte, alguna gran novela resultarán de todo ello.

Las causas de esta corrupción enquistada en la vida histórica de la Nación son profundas y, por su misma esencia son casi imposibles de erradicar de un sólo golpe . El efecto de esto sería como cuando a un adicto en terapia intensiva se le corta su droga o su medicación a cero: su vida pendería de un hilo.

Pero tampoco es admisible la continuidad de este estado de profunda degradación institucional, bajo pena de sufrir consecuencias aún peores que las provocadas por un brutal síndrome de abstinencia.

La tradición metafísica y pesimista de la interpretación de nuestra historia, cuyo mayor exponente es Ezequiel Martínez Estrada ve en este estado de corrupción un síntoma característico de un sistema social que está condenado a perecer . Y perecerá, necesariamente, según esta interpretación, puesto que está maldito por un pecado original, acontecido en tiempos de la Conquista española, y vuelto a repetir una y otra vez. Esta interpretación de la crisis argentina lo llevó a Martínez Estrada a adherir al marxismo y apoyar la revolución cubana.

La corrupción se entiende mejor si se la considera como un problema mecánico y racional, pertinente a toda sociedad, puesto que es imposible que un sistema compuesto por hombres falibles funcione a la perfección.

Los Padres Fundadores americanos Jefferson, Madison, Franklin y Hamilton, y nuestros Sarmiento y Alberdi lo sabían muy bien:

necesitamos gobierno porque no somos ángeles .

Y la Ley debe ser implacable.

Hay soluciones para atacar a la corrupción pública que pueden implementarse dentro de los márgenes de la República, que llevan tiempo, pero que nos dan un amplio espacio para seguir viviendo dentro de los parámetros de la civilización.

Porque cualquier opción que se aleje de la racionalidad republicana y democrática nos amenaza de seguro con una recaída en la barbarie; los argentinos no podemos repetir lo que ya nos pasó.

El siglo XX, con las experiencias comunistas y fascistas, no dejan ningún margen de dudas respecto a que

la vida civilizada sólo es posible si seguimos el camino de la convivencia democrática bajo el imperio de la ley.

Frente a quienes piensan, invocando el desencanto repetido, la frustración y el sufrimiento del pueblo, que sólo quedan por aplicar en nuestra república soluciones radicales y terminantes, yo aconsejo la opción ilustrada y humanista del filósofo Inmanuel Kant:

Argentinos, Sapere Audete !