Trump y el destino americano

 

el siguiente artículo que escribí a comienzos del 2017 sobre el surgimiento del presidente Trump puede servir para interpretar los resultados electorales del Brasil

 

UNA NUEVA REVOLUCIÓN CONSERVADORA?

 

A pesar del periodismo que en su mayoría le es antipático, Trump no es un fenómeno tan excéntrico, algo inusual que aparece de golpe en el escenario político norteamericano. Un político que no es político, sino un empresario millonario, acostumbrado al show business, conoce bastante bien qué acordes hay que interpretar para llegar a dónde quiere. No significa que no sea sincero en sus consignas, ni que ellas desvíen demasiado del rumbo que una mayoría del electorado considera correcto en la coyuntura actual de EE.UU.

 

Tampoco es extraordinaria la coincidencia de que el fenómenos Trump se dé en consonancia con otro no menor: la inminente salida de Gran Bretaña de la Unión Europea – Brexit-. A principios de los ’80, Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald  Reagan en USA llevaron adelante la – un poco pomposamente – llamada “ Revolución Conservadora”; ésta actual, llevada adelante por Trump y Theresa May sería la segunda – y quizás  se sumen Marine Le Pen con su Frente Nacional en Francia , y hay que considerar también el ascenso  de la derecha conservadora en Holanda, Alemania, Italia, Austria….un fenómeno sin precedentes en los últimos 50 años…

 

En este contexto, Trump es sólo el elemento más importante de un desplazamiento general de la opinión pública.  El mundo abandona el globalismo transnacional, y se refugia nuevamente en el Estado-Nación y en los valores tradicionales: familia, religión, seguridad económica: Occidente vuelve a los valores de la clase media y de los mayores, dejando atrás, por ahora, las veleidades revolucionarias del ’68 y de la Nueva Izquierda de los setenta y ochentas.

 

Las causas son más o menos transparentes y muy precisas: crisis económica irresuelta,   después del impresionante Crack financiero del 2008 ; un crecimiento económico post-crisis bastante tibio en EE.UU.  En Europa se suma un sentimiento muy negativo frente a la inmigración y a la creciente violencia del fundamentalismo islámico.

 

A nivel de las relaciones internacionales de poder  y de las  amenazas  externas, se fueron dando en los últimos  ocho años de la administración Obama los siguientes hechos, muy importantes:  Irán, fortaleciéndose para ser una factor dominante en Medio Oriente, y encaminándose irreversiblemente a potencia nuclear, y China, que enfrenta un proceso de reacomodamiento económico  que puede ser muy drástico y generar repercusiones negativas en el mundo.

 

A todo esto responden los EE.UU. con un movimiento de repliegue hacia los valores e instituciones que la convirtieron en una excepcionalidad en el siglo XIX y XX.

No  otra cosa es la consigna “ Make America Great Again”

 

Qué efectos tendrá sobre el resto del mundo este giro proteccionista de la mayor potencia económica, dependerá de las respuestas y acomodamientos que se vayan dando a medida que progresen los acontecimientos: de seguro, muchos países se verán afectados con una posible depresión de sus respectivas  economías,  que deberá encontrar respuesta en un acomodamiento simétrico al de los EE.UU. — mayor autarquía del aparato económico y un vuelco hacia el mercado interno – o bien integrarse a los restantes circuitos globales que persistan.

 

Nadie, en estos momentos, puede aventurar un curso seguro de los acontecimientos, más aún teniendo en cuenta que el giro de Trump hacia el proteccionismo está en sus comienzos y aún no sabemos su magnitud y alcance

 

Debe quedar algo claro, no demasiado remarcado por los medios que fueron cubriendo los hechos hasta hoy: los cambios de rumbo propuestos por  Trump se darán principalmente en la esfera de los valores y de lo simbólico, mucho más que en lo económico. Parece impensable que el circuito global de intercambio de bienes – Globalización – pueda sufrir la misma reversión que aconteció en la crisis de los años treinta del siglo XX,  considerando el inmenso peso político y económico que las empresas transnacionalizadas poseen hoy.

 

El nuevo presidente es la resultante de una larga “Guerra Cultural” entre las fuerzas conservadoras y progresistas dentro de ese país, que dura desde hace ya varias décadas, y su elección es meramente una batalla más,  que puede ser  decisiva en caso de que el Partido Demócrata en EE.UU.  persiste en su deriva hacia la izquierda.

 

 

 

 

 

Nadie puede acreditar con exactitud la magnitud del deterioro del tejido social y económico de los EE.UU., pero los indicadores de opinión  son contundentes al marcar un espíritu de agotamiento de la paciencia del pueblo frente a todos los “establishments”

 

CAPITALISMO NACIONAL Y POPULAR?

 

 

Hasta hace poco, era común pensar que la globalización y la sociedad económica a la que ella daba lugar constituían procesos irreversibles e indiscutibles. “El rumbo de la historia”, como gustan decir los aficionados a la filosofía.

Es verdad que después de la caída del comunismo el proceso de internacionalización vivió una gran aceleración, y que la globalización de la economía capitalista no es un fenómeno exclusivo del siglo XX y XXI, pero la propaganda y los grandes entusiastas del fenómeno global pasaron por alto que las políticas internas de los países comprometidos en la globalización de sus economías deben adecuarse a las demandas de sus votantes.

Si la opinión pública norteamericana se convence de que los problemas internos de su país son debidos a un intercambio poco justo, en este caso con China – que se lleva los mejores puestos de trabajo industrial – o con México, en el caso de los automotores,  entonces los políticos actuarán en consecuencia: y es esto exactamente lo que está haciendo Trump.  Los economistas nos dicen que las cosas no son tan así, que el proceso globalizante es complejo….. “y que todos salen ganando”  . Esto puede ser verdad en el largo plazo, pero es indudable  que si  las fábricas se cierran y  los trabajadores pasan a depender del seguro social o a trabajar en un Burger King, esto puede resultar intolerable y constituir un perjuicio grande para los que sufren ese destino – independientemente  de si la economía en general sale ganando –

 

Hoy por hoy se sabe con bastante certeza lo que constituye una economía que funcione con justicia social; cada país, de acuerdo a su tradición, lo conoce por su propia experiencia. Lo que pasó en los últimos años en EE.UU. fue que la opinión pública pasó a considerar  que la economía había dejado de funcionar de una manera justa,  resultando en una desigualdad creciente y una falta cada vez mayor de empleos de buena calidad. Hay que decirlo con claridad: la culpa no es sólo de China, México y la Globalización, pero el conjunto contribuyó a que las cosas económicas se fueran yendo a pique y en la resultante ascensión de Trump.

 

Las soluciones que propone Trump asustan a muchos, pero no son descabelladas ni irracionales: por de pronto, propone bajar impuestos y regulaciones para que los empresarios tengan menos dificultades en crear puestos de trabajo; “barajar y dar de nuevo” en todo lo relativo al comercio internacional: relaciones con China, los acuerdos del NAFTA, abandono del TPP y del Acuerdo Transatlántico de Inversiones con la Unión Europea, y otras medidas menores de la misma índole.

 

 

El proceso de globalización sirvió en los últimos 30 años como oportunidad para que centenares de millones de personas de los países pobres salieran de un estado paupérrimo, y como punto de partida para una economía más productiva; sin embargo, los países ricos de Europa, y fundamentalmente los EE.UU., sufrieron un estancamiento en el nivel de vida de las clases medias – en diferente medida y de acuerdo a las circunstancias –

 

Se puede poner como ejemplo a la Argentina: país de ingresos medios a comienzos de los años ochenta del siglo XX, las malas políticas y una globalización muy mal encarada, nos llevaron del puesto 30 al puesto 47 en la escala de bienestar humano publicada por la Fundación Legatum.  No fue la globalización la culpable exclusiva del retroceso, pero sirva nuestro país de ejemplo a considerar cuando se evalúan los resultados de las aperturas de la economía y las desregulaciones

 

QUE SE VAYAN TODOS!

 

 

El péndulo de la política no se mueve con  ritmo regular. En el 2009, después de la asunción del presidente Obama,  se pensaba que por muchos años el monopolio del poder quedaría en manos del Partido Demócrata. Tan grande había sido la decepción del gobierno Bush e inmenso era el entusiasmo por el nuevo presidente.

Hoy, el Parlamento norteamericano tiene ambas cámaras con mayoría republicana; 33 de las 50 gobernaciones son republicanas, y 32 legislaturas estatales están dominadas por el mismo partido. Nada así se había visto desde los tiempos de la posguerra civil.

 

El repudio a las políticas de Obama comenzó casi inmediatamente de que asumiera la presidencia, y los demócratas perdieron todas las elecciones desde entonces.

Sin entrar en demasiados detalles, puede resumirse en esto: el gran entusiasmo que había generado un hombre que venía a reformular la política se fue apagando cuando la opinión pública se dio cuenta  de que no se trataba de alguien que pudiese enfrentar realmente al  establishment corrupto de Washington; más aun, parecía que Obama se sentía muy cómodo con ellos, y que sus iniciativas de legislación iban a provocar serios perjuicios a la clase media:

  1. a) La Ley de Salud – Obamacare –
  2. b) El intento de pasar una legislación que castigaría a los combustibles fósiles y que llevaría los precios de la energía por las nubes – ni siquiera los propios demócratas la aprobaron –
  3. c) Gobernar con decretos de necesidad y urgencia – cuando perdió las mayorías en el congreso-
  4. d) Denigrar a la policía y a las fuerzas armadas
  5. e) Una política exterior que puso al mundo al borde de un caos pocas veces visto…..

 

esta enumeración presenta algunos de los hechos que explican el  por qué de  la reversión drástica del electorado americano.

Seguramente lo mismo sucederá si Trump resulta un fiasco o no cumple con las promesas que hizo.

 

Pero todo venía de antes; los 8 años de Bush, la Guerra de Irak, la debacle financiera, todo parecía apuntar a una élite política y a una burocracia estatal que había perdido definitivamente el contacto con la parte esencial del pueblo norteamericano.

Por eso Trump – un outsider de la política – primero tuvo que enfrentar y deshacerse de los republicanos para recién después, apuntar contra el establishment general de los Demócratas y de la burocracia de Washington. Una apuesta fuerte que deberá cubrir con hechos concretos para no causar una decepción mayor aún que la ya pasada.

 

“HACER UNA NORTEAMÉRICA GRANDE DE NUEVO”

 

Es común que los países que se enfrentan a una crisis política surgida de un sentimiento generalizado de su población respecto a la declinación general de los valores, asuman la decisión de retornar a los orígenes. La historia política  nos muestra que estos “retornos”, muchas veces violentos, son tan frecuentes como las revoluciones; incluso algunos aventuran que toda revolución no es otra cosa que una restauración.

 

Por eso el “volantazo” que está efectuando Trump hacia la derecha del péndulo político-moral, debería interpretarse como una vuelta a la normalidad, un intento de retomar el “ centro vital” que marcó a la política norteamericana durante la mayor parte del siglo XX.

 

Como todas las demás naciones, EE.UU. sufrió en estos últimos 40 años cambios drásticos que la alejaron de esa sociedad de clase media más o menos homogénea que había sido durante las décadas anteriores; las transformaciones culturales que a ritmo acelerado vinieron a configurar la llamada “ post-modernidad”, o la sociedad post-industrial, donde la economía de los servicios pasó a ser la principal proveedora de trabajo, produjeron una realidad a veces muy difícil de asimilar para los que se ven marginados de las supuestas bondades de la globalización. Sea como fuere, la realidad de los números es categórica: la clase media se estancó y la distancia entre la élite que supo aprovechar los cambios de la nueva economía tecno-globalizada y los demás sectores se amplió: pero lo peor para la conciencia general de la clase media fue el surgimiento de una élite adinerada, que habita generalmente las urbes –  New York , Los Ángeles y San Francisco – que controla la academia, la industria del entretenimiento y los medios masivos de comunicación y que, a diferencia de los anteriores grupos de poder, desprecia la tradición cultural norteamericana, cuya base es el hombre común. Estos grupos que se identifican con el partido Demócrata, la globalización, las fronteras abiertas y la idea de un mundo de “Economía Sustentable y Verde”, son “el enemigo” en la guerra cultural que la derecha conservadora lleva adelante.

 

Dos grupos del partido republicano, de considerable influencia ,el “ Tea Party” y “los conservadores evangélicos”, marcaron los lineamientos de la oposición al gobierno de Obama ; durante la interna republicana estos sectores habían sido duramente críticos con la candidatura Trump, pero ahora le dan una aprobación generalizada, a pesar de que el presidente se ha mostrado a la izquierda de ambos en muchos temas relacionados con la economía y la sociedad: cobertura universal de salud, aborto y derechos de los gays y lesbianas, por ejemplo.

De algún modo, Trump intuye que la sociedad norteamericana no puede retroceder en cuestiones de “derechos de las minorías”, pero que tiene un margen amplísimo para actuar en la imposición de la Constitución – Ley y Orden – aspecto muy descuidado no sólo por Obama sino por su antecesor Bush, y fundamentalmente en el reordenamiento de la maraña de legislación y regulaciones que traban el despegue de la economía – incluido una revisión profunda de los acuerdos de Comercio Internacional que rigen los actuales intercambios.

 

 

 

 

                                                                 

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