CIENCIA Y POLÍTICA

La ciencia y la política se necesitan mutuamente. Casi toda la ciencia en el mundo es financiada desde el presupuesto público y los políticos alardean de que sus propuestas están basadas en “ hechos comprobados por la ciencia”.

Hoy día la ciencia no goza de demasiado prestigio entre el público; se la acusa a ella y a la tecnología de deshumanizar el mundo y de ser el origen de casi todas las cosas malas que preocupan el día a día de la gente común.

Sin embargo, la ciencia no puede ser culpable de la mala política, que es la verdadera maldición de los pueblos. Una política mala es aquella donde prima la deshonestidad, donde la virtud está ausente; donde los peores están al mando. Para que la política sea verdaderamente mala, no basta que los malos estén a cargo, se necesita de los peores. La república democrática está expuesta a estos acontecimientos, puesto que ella es la única donde la libertad es axial a su desenvolvimiento, y la libertad implica el riesgo de elegir mal. Se supone que funciona el mecanismo de la autocorrección, pero los malandras, una vez que toman el mando, pueden abolir los mecanismos democráticos que le permitieron acceder al poder. Y la tiranía se hace presente.

Es verdad que la ciencia positiva del siglo XIX y XX se desentendía de los juicios de valor; no quería saber nada con los conceptos de lo bueno y de lo malo, quería ser una ciencia neutral basada en hechos y no en valores. Con esta determinación abandonaba el criterio y las grandes ambiciones de los filósofos antiguos y clásicos, que sabían que su visión del mundo implicaba también la buena vida y la mejor sociedad posible. Para los clásicos el mayor bien era la contemplación y una sociedad que se adecuara a la naturaleza: orden y jerarquía. Para los utilitaristas británicos- Jeremy Bentham- la consigna era: el mayor bien para el mayor número.

Los alemanes rechazaron esta visión utilitarista de la sociedad, que para ellos era demasiado rastrera. Y para desgracia de nuestro tiempo, seguimos siendo esclavos de los filósofos alemanes- aunque pensamos que veneramos a Deleuze, o a Foucault, o a Rorty. Los alemanes concretaron la ruptura definitiva con la Razón- Heidegger – e impusieron la idea desaforada del compromiso personal y del vivir peligrosamente. Todo muy romántico, pero la política puede ser cualquier cosa, menos romántica.

Hoy el mundo está sumergido de nuevo en una encrucijada política, en un momento donde la única ciencia que parece apropiada es la ciencia del calentamiento global y del cambio climático; para la nueva izquierda militante y ecologista, esto parece ser un reaseguro de que sus visiones utópicas de un mundo igualitario y descarbonizado traerán, en definitiva, las soluciones que nos estuvieron eludiendo durante tanto tiempo.

Pero aún falta definir el debate sobre la calidad de esta ciencia en cuestión, y si las recomendaciones políticas que sugieren los entusiastas de un mundo de consumo restringido podrán tener la aceptación democrática indispensable para su puesta en marcha, o si los pueblos que tratan de trasponer el umbral de la pobreza terminarán rechazando unas ideas que han surgido exclusivamente en los centros políticos del mundo de la riqueza material.

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