LA CONFUSIÓN EN TORNO AL CONCEPTO DE CIENCIA I

Nunca como en estos días de miedo y desconcierto provocados por la pandemia   ha sido tan necesaria una aclaración en relación a los malentendidos y equívocos que se han estado acumulando en todos estos años respecto a la ciencia y sus vínculos con los demás ámbitos del hacer humano.

A la ciencia se la ha acusado de degradar la vida de los hombres, de deshumanizar las relaciones entre el individuo y el todo universal, de contaminar con su materialismo las relaciones más importantes y de ser el instrumento central de la mecánica de opresión social del sistema capitalista. 

Curiosamente, los intelectuales que vivieron bajo el régimen comunista   han hecho convicta a la ciencia, personificada en el marxismo y en su estrategia de ingeniería social, de la mayoría de los males del sistema socialista.

 Combatir semejantes acusaciones frente al tribunal de la opinión pública no es una tarea fácil, si consideramos en primer lugar que la palabra ciencia utilizada en los párrafos precedentes remiten a cosas muy disímiles y que, en definitiva, ninguna de ellas amerita ser ascendida al significado verdadero de ciencia, que no es más que la forma que el espíritu moderno ha adoptado en su búsqueda de la verdad y que, como tal, no es muy distinta de la filosofía de los antiguos griegos.

Así, como movimiento esencial del espíritu humano en su tarea incansable de búsqueda, la ciencia – la filosofía – no puede ser la causa primitiva de males que aquejan a la sociedad desde siempre.

La principal confusión contemporánea surge, en esta época de fake news y post-verdad, por el hecho de que determinadas personas con títulos universitarios que los acreditarían como científicos aparecen delante de la opinión pública como representantes de mandatos surgidos de las esferas del poder y de la política.

Quienes mienten por obediencia debida no pueden ser confundidos jamás con la multitud de hombres honestos que desde siempre han procurado poner el conocimiento científico al servicio del bien común, comenzando por los primeros filósofos que nos mostraron las formas, a veces insólitas, que toman la verdad, el bien y la belleza.

Y no importa que en las facultades de humanidades les enseñen a los estudiantes que la verdad no existe, que sólo es un subterfugio de los poderosos para explotarnos.

La verdad es inherente al ser humano y a su dignidad, y por más que machaquen las cabezas de los pobres jóvenes que tienen la desgracia de caer en muchos  centros de embrutecimiento que se siguen llamando escuelas y  universidades  , ella jamás podrá ser arrebatada a los hombres.

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